Ejercicio: lista de desaciertos
- Anto-azul

- hace 1 día
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Se vale hacer una lista de errores. Se vale mirarla sin huir. (Puede que incluso duela un poco).
Pero esa lista no es un inventario de culpas, sino un mapa del camino recorrido.
Porque si se mira con calma, cada error fue una forma (torpe, humana, imperfecta) de aprender. Una decisión tomada con la información disponible en ese momento. Una emoción que no sabíamos cómo regular. Una apuesta que no salió como esperábamos. Y que, sin embargo, nos trajo hasta aquí. Más depuradas. Más conscientes. Más calmadas.
No somos solamente esa lista. También somos lo que hicimos después. Somos la pausa que aprendimos a tomar. El límite que empezamos a trazar. La conversación difícil que esta vez sí supimos sostener. Los errores no son identidad; son proceso. No son condenas; son ajustes.
Tomar impulso, respirar hondo y mirar atrás con honestidad. Porque al hacerlo descubrimos algo fundamental: hemos cambiado. Hemos afinado el carácter. Hemos ganado criterio. Hemos aprendido a no reaccionar igual. Y eso no es menor. Aunque hubo desespero y noches de dudas, también hubo resistencia, dignidad y reconstrucción.
Somos mucho más que nuestras equivocaciones. Somos la capacidad de revisarnos sin destruirnos. Somos la decisión de seguir creciendo aun cuando nos equivocamos. Y eso, mi querida, es evolución. No, no como esa palabra grande y ruidosa que suena a logro público, sino esa transformación silenciosa que ocurre por dentro, como cuando la tierra se mueve milímetros y nadie lo nota, pero el paisaje ya no es el mismo.
Porque esa lista no es un muro en el que quedamos encerradas. Nunca ha sido pared. Quizás un poco de fuego. Un incendio pequeño que quema versiones nuestras que ya no pueden sostenerse. Quema ingenuidades, excesos de entrega, silencios innecesarios, culpas heredadas.
Arde, sí. Y duele. Pero también despeja el terreno. O es mar. Un oleaje inesperado que te revuelca, te llena la boca de sal y te hace creer, por un instante, que no sabes nadar. Y, sin embargo, sales. No igual. Sales aprendiendo a respirar de forma distinta, a medir la profundidad antes de lanzarte y a confiar en tu propio ritmo. Eso es evolución: no caer, sino no quedarnos donde caímos.
Quizás lo más hermoso viene después. El día en que vuelves a mirar esa lista y ya no sientes vergüenza ni desespero. El día en que la recorres con una ternura nueva, como quien mira cicatrices antiguas y entiende que fueron puentes, no ruinas. Entonces ya no verás fallas. Verás huellas. El rastro de alguien que, aún temblando, aún equivocándose, aún dudando de sí, jamás dejó de caminar.***




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