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Lecciones de un dolor de panza

  • Foto del escritor: Anto-azul
    Anto-azul
  • 16 jun 2025
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 30 jul 2025



Hace muchos años, quizás cuando estaba en los últimos semestres de la universidad, abrieron un lugar de empanadas con ajíes de sabores y cantidades perfectas para el presupuesto de una estudiante.


Recuerdo que íbamos después de clases por todas esas salsas picantes de frutas -de tómate de árbol, maracuyá, tamarindo, naranja-, los picadillos de cebolla y tomatín y el típico ají de maní de la casa. Diego, Diana y yo comíamos sin parar y siempre buscabamos una excusa para volver.


Un día mis compitas organizaron un paseo cerca de la ciudad, pero dije que no iría porque llevaba varios días con un dolor de panza de esos que van subiendo en intensidad -como cuando se amasa pan-. -No me creyeron-.


Pasaron los días y mi dolor se hizo más intenso. (Parecía que me hubiese comido la luna llena o quizas una roca gigante). Recuerdo que estuve semanas así y, literalmente, me acostumbré a ese dolor como algo que hacía parte de mí, normalizado, como una señal más de lo que significa vivir ¡GRAVE ERROR!


Con el tiempo, una buena amiga de la familia me llevó al médico y, después de varios exámenes, encontraron que tenía una inflamación intestinal y algunos pólipos que requerían una pronta ciirugía. La preparación y la intervención estuvieron marcadas por mucho dolor. Lloraba y decía que era el dolor de la panza, o el dolor de los puntos, o por la nueva dieta o los medicamentos, pero en realidad evitaba pensar en cuál era ese dolor de verdad.


Hoy tengo claridad que fisicamente el dolor cambió: ya no era inflamación, era dolor postquirúrgico, dolor de la curación. Ajonjolí, sí que se corren riesgos al vivir.


Recuerdo que pensaba que la vida siempre traía dolores, (ya fueran físicos, del alma o en forma de inseguridades), y que estos solo mutaban y se transformaban, pero jamás desaparecerían. Por eso, la pregunta del día era un eterno ¿y hoy, cuál fue ese dolor de panza?


Ya sé, es muy probable que esa sea una forma fatalista de ver la vida. Hoy, con el paso de los años, reformulé la pregunta -por estas y otras razones- y sobre-todo, amplíe el horizonte de la introspección.


Todavía resuenan mil dudas sobre los distintos dolores de panza a lo largo de la existencia y algunas de ellas suenan así:

¿Qué trajo ese dolor y qué enseñó? ¿Qué hiciste para sentirte mejor? ¿Le diste espacio para que el dolor se acomodara o, como en el local de las empanadas: le pusiste picante sin cesar por el gusto instantáneo y te olvidaste del asunto? Ja.


Continuará...



 
 
 

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