Conversación abcdefghijklmnopqrstuvwxyz
- Anto-azul

- 30 abr
- 2 min de lectura
A veces creemos que las conversaciones difíciles solo ocurren con los demás: cuando hay que poner límites, aclarar una herida, nombrar una incomodidad o decir una verdad con cuidado. Y sí, aunque no siempre me encanten, valoro profundamente la posibilidad de tenerlas desde la empatía, el respeto y la responsabilidad afectiva.
Sin embargo, hay otras conversaciones que pesan distinto: las que son consigo mismo/a.
Esas no siempre llegan con palabras claras. A veces llegan como congelamiento, como rumiación, como una pregunta que se queda dando vueltas en el pecho. Conversar consigo misma puede ser complejo, porque allí no hay cómo huir del todo: una se encuentra con sus miedos, sus frustraciones, sus exigencias, sus heridas y sus formas antiguas de sobrevivir.
Por eso he ido encontrando caminos más amables para entrar en ese diálogo interno. La desconexión, la terapia, la escritura, el silencio, la pausa. No como formas de evadir, sino como espacios para escucharme sin castigarme. Para mirar lo que duele sin ponerle encima el filo de la autoexigencia. Para abrazar la frustración sin convertirla en una sentencia.
Y entonces aparece la poesía.
La poesía como bálsamo. Como recurso. Como una forma dulce y profunda de decir lo que todavía no sé ordenar.
Lo he dicho antes: escribir no resuelve la vida, pero la vuelve respirable. No cambia la pregunta, pero sí la manera en que me siento frente a ella.
Aprender a tener conversaciones difíciles con uno/a mismo/a, sin romperse en el intento, tal vez (también) sana. Preguntarse con honestidad, pero también con ternura. Escucharse sin juicio. Y descubrir que hay una voz interior que viene a recordarnos que, también en primera primerísima persona, merecemos paciencia.***



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