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PAZ CON SER PAS

5 jun
3 min de lectura
Jardín y recarga.
Jardín y recarga.


Hay almas que reciben la vida sin tantos filtros.

Personas que escuchan el tono detrás de las palabras, que sienten el cansancio en una mirada, que perciben la distancia antes de que alguien la nombre.

Personas a las que un gesto mínimo les puede encender una alegría inmensa o despertar una vieja tristeza.

Les llaman personas altamente sensibles.

Pienso que también podrían llamarse personas con el alma despierta.


Sentir así tiene algo de regalo y algo de intemperie.

Porque la sensibilidad permite ver belleza donde otros pasan de largo: la luz que entra por la ventana, en una canción que abraza, en una planta que insiste en crecer, en el agua helada, en el silencio amable, en una frase que llega justo cuando el alma está cansada. Pero también duele.


Duele porque el mundo puede ser muy duro. Porque hay días en que una conversación pesa demasiado. Porque una ausencia se siente como un eco. Porque una palabra dicha sin cuidado se queda dando vueltas en el pecho. Porque la mente no se apaga y el corazón no sabe fingir que no sintió.


Entonces la cabeza vuela. Vuela hacia lo que pasó.

Hacia lo que pudo haber sido, lo que no se dijo y lo que tal vez quiso decir.

Hacia la necesidad de entenderlo todo, de ordenarlo todo, de anticiparlo todo.

Y mientras la cabeza vuela, el corazón siente; la energía se llena de distintas emociones.

Siente sin pedir permiso. Siente antes de comprender.

Siente incluso cuando una intenta hacerse la fuerte.

Siente en el cuerpo: en el taco del pecho, en el nudo de la garganta, en las ganas de llorar sin una historia clara, en ese cansancio que no siempre es físico, sino del alma intentando sostener demasiado.


Esa sensibilidad se mezcla con la ansiedad y entonces vivir se vuelve como tener muchas ventanas abiertas a la vez.

La ansiedad toca la puerta y dice: “Cuidado”, “Revisa”, “Piensa otra vez”, “¿Y si algo sale mal? “¿Y si no te quieren?”, “¿Y si estás siendo demasiado?”. Y una, que ya siente fuerte, empieza a sentir también miedo.


Otras veces llega la tristeza inexplicable. Como neblina. Una tristeza bajita, silenciosa, que se sienta al lado y no explica de dónde viene. Una tristeza que no grita, pero apaga un poco la luz interna. O se torna en un rayo de abulia (esa palabra tan seria para nombrar algo tan íntimo): no poder, no arrancar, no tener fuerza.

Mirar la vida desde una orilla interna y saber lo que habría que hacer, pero no encontrar el impulso para hacerlo. Entonces aparece la culpa. “Estoy fallando”. “Soy floja”. “Estoy exagerando”. “Debería poder con esto”. Pero quizás no es una falla, sino saturación.

El alma también se cansa de recibirlo todo con tanta intensidad.

El cuerpo, cuando se queda quieto, no está abandonando la vida, sino que la está pidiendo una tregua.


Hay que aprender a mirar esos días con ternura.

Los días en que no se puede ser luminosa. Los días en que contestar un mensaje parece escalar una montaña. Los días en que la cama pesa más que el mundo. Los días en que una quisiera ser más simple, más práctica, más invulnerable, pero nació con una memoria emocional, con un corazón que escucha incluso lo que no se dice.


Ser sensible no significa tener que sangrar por todo. También significa aprender a cerrar la puerta. A bajar el ruido. A poner límites sin pedir perdón por existir. A elegir vínculos que no castiguen la profundidad. A no confundir la intensidad con el destino. A entender que no todo lo que se siente es una verdad absoluta, aunque todo lo que se siente merezca ser escuchado.

A veces el cuidado empieza pequeño. Un vaso de agua. Una vela encendida. Una respiración sin afán. Una manta. Una ducha tibia. Una frase escrita sin corregir. Una canción suave. Un susurro que dice: “Estoy aquí”, “Esto va a pasar”, “No se debe resolver la vida esta noche”.


Porque las personas altamente sensibles necesitan aprender a proteger su ternura. No se trata de dejar de sentir. Se trata de no dejarse arrasar por todo lo que se siente.

De hacer del corazón una casa, no una herida abierta.

De hacer de la sensibilidad una brújula, no una condena.

De recordar que la profundidad también puede ser refugio y no solo un abismo.

Y cuando la cabeza vuelva a volar y el corazón vuelva a sentir, tal vez podamos decirnos despacio:

Estoy sintiendo. No estoy rota.

Estoy aprendiendo a volver. No estoy perdida.

Solo necesito espacios donde mi intensidad también pueda descansar.


Porque hay días en que sanar no es brillar. A veces sanar es quedarse.

Respirar. Llorar un poco. Tomar agua.

Abrir la ventana. Dejar que entre el aire.

Y repetir, bajito, como quien enciende una luz pequeña dentro del pecho:

Agua.

Aire.

Calma.

Verdeazulado.*

 
 
 

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