Escribir también es un bálsamo para el alma...
- Anto-azul

- hace 3 días
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Hay días en los que una se ausenta de la escritura sin proponérselo del todo.
No sucede de un momento a otro; ocurre despacio, como ocurre con el desgaste de ciertas mareas interiores. Un día, simplemente, aparece la distancia. El cuaderno cerrado, la página en blanco, las palabras suspendidas en algún lugar del pecho. Y entonces se siente. Se siente la falta. Porque cuando escribir ha sido refugio, conversación íntima, casa y oración silenciosa, su ausencia también se siente.
A veces no dejamos de escribir por falta de inspiración, sino por exceso de vida. Demasiado cansancio. Demasiadas emociones apretadas entre el cuerpo y el alma. Demasiados pensamientos pidiendo ser escuchados al mismo tiempo. En esas épocas, el papel en blanco no parece vacío; parece un espejo. Nos devuelve la duda, la exigencia, el miedo a no saber decir, a no encontrar belleza, a no estar a la altura de lo que sentimos.
Pero el alma casi nunca llega impecable. Llega cansada. Llega revuelta. Llega con preguntas, con nudos, con una fragilidad que todavía no encuentra su idioma. Y quizás ahí comienza la verdad más honda de la escritura, cuando deja de ser una tarea y se convierte en un espacio de presencia. Escribir, en ese sentido, se parece tanto a la terapia como al recogimiento. No porque resuelva de inmediato lo que pesa, sino porque abre un cauce. Porque le permite respirar a lo que estaba detenido. Porque a veces poner una palabra sobre lo que duele ya es una forma de ternura.
Hay días en los que no se escribe para comprenderse por completo, sino apenas para no abandonarse. Para quedarse cerca de sí. Para decirse, aunque sea en voz baja, AQUÍ ESTOY. Y ese gesto, tan sencillo y tan profundo, tiene algo de sagrado. Sobre todo en un mundo que tantas veces nos empuja a correr, a rendir, a mostrarnos enteras, incluso cuando estamos rotas, sentarnos a escribir con honestidad también es una forma de amor. (Una forma de resistencia suave) Una forma de volver.
Con el tiempo, además, se descubre algo hermoso: no solo se escribe desde la herida. También se escribe desde la gratitud. Desde la contemplación. Desde el asombro que dejan ciertas presencias, ciertos paisajes, ciertos afectos que nos rozan el alma y nos recuerdan que vivir también tiene destellos. Escribir no solo sirve para vaciar la tristeza, sino también para guardar la belleza. Para agradecer lo que permanece. Para salvar del olvido esos instantes en los que el corazón, sin hacer ruido, comprende que todavía sabe florecer.
Entonces la escritura cambia de lugar adentro. Deja de ser únicamente desahogo y empieza a ser también celebración. Se vuelve pausa. Se vuelve ofrenda. Se vuelve una manera de acompañar la vida con más delicadeza. Y en esa comprensión, el papel en blanco deja de intimidar tanto. Ya no parece un juicio ni una amenaza, sino un umbral. Un sitio disponible. Un pequeño altar donde se puede llegar sin respuestas completas, sin perfección, sin certezas y, aun así, sentirse recibida.
Quizás por eso escribir sigue llamándonos, incluso después de las ausencias. Porque, en el fondo, sabemos que allí hay algo más que palabras. Hay escucha. Hay abrigo. Hay verdad. Hay una forma muy íntima de regresar a casa. Escribir no siempre cura, pero acompaña. No siempre resuelve, pero ordena. No siempre disipa toda la sombra, pero enciende una luz pequeña y fiel en medio de lo que duele. Y a veces eso basta. A veces eso es todo. Una página abierta, una verdad temblorosa, un alma respirando un poco mejor entre las palabras.
Tal vez ahí habita su misterio, en que escribir no solo nos ayuda a sobrevivir a lo que sentimos, sino también a amar, con más hondura y compasión, lo que vamos siendo.
Quizás escribimos para eso: para que lo que nos rompió no tenga la última palabra y para que lo que nos conmovió permanezca intacto, bello, más allá del tiempo.***




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