Semanas de silencio
- Anto-azul

- hace 12 horas
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A veces vuelve así: sin aviso, como una marea antigua que conoce de memoria el camino al pecho. Vuelve apretando, haciendo nudo, trayendo consigo esas ganas de llorar que se quedan suspendidas, inconclusas, como si el alma no encontrara todavía la forma exacta de desahogarse.
Y en esos instantes, cuando respirar también parece un acto emocional, una entiende que hay dolores que pesan en silencio. Pesan en el cuerpo, en la memoria, en la forma en que intentamos sostenernos mientras por dentro algo tiembla. Hay heridas/desbalances que no desaparecen del todo; solo aprenden a quedarse en pausa por un tiempo, hasta que regresan para recordarnos que también seguimos siendo humanas, sensibles, profundamente habitadas por lo vivido.
Pero incluso ahí, en medio de esa fragilidad tan honda, también habita algo sagrado: la gratitud. Esa luz pequeña que no borra el dolor, pero lo acompaña. Esa forma silenciosa de reconocer que, aun en los días más apretados del alma, existen manos, afectos y presencias que sostienen.
Por eso hoy solo quiero usar este espacio para decir gracias. Gracias por comprender lo que a veces ni yo misma sé nombrar. Gracias por permanecer cuando el corazón se encoge y las palabras no alcanzan. Gracias por continuar, por hacer de este rincón un refugio, una pausa, una forma de abrigo. Porque a veces no se necesitan respuestas grandiosas. A veces solo se necesita sentir que, aun con el pecho lleno de nudos y el llanto detenido en el borde, se puede seguir encontrando amor donde descansa —tantito— el alma.




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