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- Di/sentir -


Amo sentirme en la libertad de discrepar. De un tiempo para acá pienso que habitar las diferencias sin huirles es también un acto de amor. A veces la vida nos pone frente a cuestiones incómodas, conversaciones que irritan la piel pero que son necesarias para cuidar la raíz. No se trata de herir, sino de sostener la palabra con respeto, de nombrar lo que duele sin apagar la ternura.


La contundencia no está reñida con la cercanía.

Decir lo que pensamos desde la diferencia puede ser, -si lo hacemos con conciencia-, un puente y no una muralla. Porque el amor no significa silencio, implica tener la valentía de hablar con la/s otra/s persona/s, sin perder la mano tendida.


Permitirnos el desacuerdo es un gesto de madurez. Nos recuerda que permanecer cerca no exige uniformidad, sino la decisión de cuidar el vínculo a pesar de las fisuras. Y allí, en esa tensión entre lo incómodo y lo respetuoso, puede nacer una forma más honesta y profunda de permanecer y estar juntas/os.


En mi experiencia el vínculo que resiste lo incómodo se vuelve más honesto y más fuerte. Tú: ¿Estás de acuerdo o discrepas?

 
 
 

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