El lado B de las emociones
- Anto-azul

- 19 nov 2025
- 2 Min. de lectura

Hay días en que la irritabilidad está a flor de piel y al conjugarse con un gesto mínimo, una palabra mal parada o ese cansancio que se acumula en semanas, genera una reacción tosca, sin maquillaje, sin diplomacia, sin metáforas. Cuando se habita el lado B de las emociones, la piel se vuelve un espejo sincero y revela lo que se ha tratado de administrar en silencio.
Me doy cuenta de que los límites que No se ponen a tiempo, se convierten en enojos. Como si el cuerpo dijera lo que la voz se tardó en pronunciar. Algunas veces la lección es esa: si no se protejen los bordes, el cuerpo y el rostro gritan.
Un ejemplo que viene a mi cabeza son los celos, pero no esos celos infantiles que se confunden con posesión. Sino los celos que vienen de una herida antigua, de un miedo a no ser suficiente, de la duda que brota cuando se siente que lo que importa puede desvanecerse. Los celos pueden ser incómodos y honestos: muestran dónde falta abrazarse más fuerte.
También está el silencio. Ese silencio raro que no siempre es paz. A veces es una pausa necesaria y otras, un mecanismo para no desbordarse. Permanecer en silencio porque no se quiere herir, porque no se quiere vivir la intensidad, porque aún estamos aprendiendo a decir “esto me dolió” sin culpa. Pero, el cuerpo sabe que cuando se guarda demasiado, la ansiedad aflora y habla con sacudidas.
En un día como hoy, entiendo que cada una de estas emociones, (aunque torpes y charramente expresadas) traen una enseñanza: un límite que debe reafirmarse / una inseguridad que debe mirarse sin miedo / una necesidad afectiva que merece nombrarse / un silencio que debe convertirse en palabra o una ansiedad que pide orden, presencia, y respiración.
Quizá la lección sea que somos personas vestidas de humanidad y fragilidad profunda y que esas emociones no son errores, sino brújulas.
Que en vez de castigarlas pueden ser escuchadas.
Que en vez de esconderlas, se puede aprender de ellas.
Que poner un límite también es respetar/se (así, en primera persona).
Que romper un silencio es el primer paso para volver al centro y que priorizar tranquilizar la ansiedad es elegirse -cuantas veces sea necesario-.
Hoy me permito estar así: un poco enojona y ceñifruncida, un poco silenciosa, un poco ansiosa. Porque todo nos enseña. Porque también vivo esto. Y porque, al final, cada emoción que me desordena es una invitación a regresar al centro, con más claridad, más ternura y más verdad.***




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