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En el mar se detuvo el viaje


Quedar varado en altamar no siempre es un accidente: a veces es la vida misma que nos pide detenernos. El motor se apaga, el combustible falta, una gota se filtra en el silencio del agua y de repente el tiempo se suspende.


En esa pausa emergen los rostros: quién calma, quién cuida, quién sostiene. Y comprendemos que lo esencial es estar con quienes nos permiten simplemente ser. Que la solución también nace de no desesperar, de confiar en la suma de nuestras experiencias, de entregarnos a lo que la espera trae consigo.


La naturaleza, entretanto, continúa su obra.

El mar late en olas que nunca se repiten, el viento viaja sin pertenecerle a nadie, el sol madura sobre nuestra piel y las gaviotas trazan geometrías invisibles que solo el cielo entiende. Los peces, pequeños y cautelosos, nos recuerdan que incluso en la fragilidad hay belleza. Todo lo que respira en ese instante insiste en seguir su curso, enseñándonos que la vida no se detiene, aunque nosotros parezcamos quietos.


Y mientras aguardamos, el mar permanece imponente, vasto, paciente. Como si el universo quisiera recordarnos una certeza antigua:


Esto también pasará. Y cuando pase, quedará en nosotros la fuerza de haber habitado la espera, la certeza de que incluso en la quietud late el movimiento, y que el mar —como la vida— siempre nos devuelve renovados a la orilla.

 
 
 

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