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Tormentillas


Hay días en los que siento que no quepo en los chiros. Como si la piel estuviera demasiado delgada y el mundo, con sus ruidos y sus injusticias, rozara con más fuerza de lo habitual. Entonces la irritabilidad aparece sin avisar: en los hombros tensos, en el gesto corto, en esa sensación de que todo pesa un poco más.

No es exactamente enojo. Es más bien una mezcla de cansancio, de sensibilidad abierta, de mirar alrededor y sentir que algunas cosas duelen porque deberían ser distintas.


En otros tiempos quizás habría intentado esconder esa emoción, empujarla al fondo del pecho para seguir funcionando como si nada. Pero con los años he entendido que las emociones no están hechas para ser encarceladas en el cuerpo. Cuando se quedan demasiado tiempo, se vuelven un nudo en la garganta, piedra en el estómago o silencio en el corazón.


Por eso ahora intento hacer algo distinto. Cuando esos días llegan, trato de mirarlos de frente. Nombrar lo que se mueve por dentro. Respirar un poco más despacio. Entender qué parte de mí está cansada, qué herida antigua se rozó, qué injusticia tocó una fibra sensible. Y luego, con paciencia, recordar que esa sensación no tiene por qué quedarse a vivir conmigo.


Las emociones también son como el clima: pasan por el cielo de la vida, dejan su lluvia, su viento, su temblor… y después continúan su camino.


Lo importante es que no se vuelvan casa dentro del alma, ni se queden pegadas al cuerpo como una sombra persistente. Que podamos sentirlas, aprender lo que traen, gestionarlas con la mayor ternura posible y, cuando ya han dicho lo que venían a decir, abrir la ventana interior para que salgan.


Tal vez de eso se trata también la conciencia: de permitir que la vida nos atraviese -incluso en sus días más ásperos- sin que nada termine por endurecer el corazón.


Sentir. Comprender. Agradecer la lección. Y después, suavemente, dejar que todo eso levante vuelo. ***

 
 
 

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