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La cita ineludible

  • 13 ago 2025
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 15 sept 2025

Pacífico desde Lima (Perú)
Pacífico desde Lima (Perú)

Todos los seres vivos tenemos una cita. No es castigo ni deuda; es la puerta que se abre cuando la vida termina de decir su nombre. Prepararnos para ese momento no apaga la luz del día: quizás la vuelve más nítida.


Mientras tanto —aquí, ahora— aprendemos a cuidar. No con grandes rituales, ni condiciones impecables, sino con una constancia pequeña, honesta, compasiva. El cuerpo como lo conocemos guarda nuestras historias como anillos de árbol: las temporadas de sequía, las lluvias buenas, las heridas que ya cerraron y las que piden todavía una mano tibia. Pero el cuerpo no es solo archivo: es horizonte. En él caben nuestras posibilidades.


Nos enseñaron a sostener la casa con los hombros y la sonrisa. Hoy elegimos volver al centro. Escuchar la respiración sin apuro, el pulso que no mendiga aprobación, el límite que protege sin pedir disculpas. Llamar por su nombre lo que duele, pedir relevo, decir “hasta aquí” como quien traza la orilla donde por fin se puede descansar.


Sanar a tiempo no es correr; es dejar de posponernos.Es atender lo pequeño antes de que se convierta en grito: agua antes de la migraña, una siesta breve antes del desborde, una conversación clara antes de la herida vieja repitiéndose. Son microgestos que, como puntadas, sostienen la tela: estirar el cuello y la culpa, soltar lo que ya cumplió su ciclo, devolver expectativas ajenas con suavidad. Elegirnos a plena luz del día, sin excusas.


La muerte, cuando la miramos de frente, se vuelve maestra de sencillez. Prepararse es ordenar lo esencial: decir gracias, pedir perdón, pronunciar los te quiero que no pueden esperar. Dejar escritos dos o tres deseos por si enfermamos: quién nos acompaña, qué música calma, a quién llamar cuando el cuerpo necesite descanso. Encender una vela una tarde cualquiera y recordar que también eso es vida: poner en paz lo que amamos.


No hace falta solemnidad. Basta una rutina que nos devuelva al suelo: beber agua, comer sin prisa, movernos con ternura, cerrar los ojos diez respiraciones, nombrar lo que sentimos sin juicio. Y cuando llegue la marejada, sostenernos con una pregunta sencilla: ¿qué gesto pequeño me acerca hoy a mí?


La enfermedad nos habla. Primero susurra —tensión en la nuca, vértigos breves—, y si no lo escuchamos, levanta la voz. No para castigarnos, sino para mostrarnos el camino de regreso a casa. Así, la vida se ordena desde adentro hacia afuera. Elegir respeto sobre aceptación a cualquier precio. Devolver lo que no es nuestro. Quedarnos con lo que sí: la respiración, el latido, las manos disponibles para sostenernos.


Cuando un día la muerte nos toque, que nos encuentre con menos pendientes del alma y más gratitud en el pecho.

Con los papeles básicos en su sitio y las palabras dichas a tiempo.

Con el cuerpo habitado, no vigilado.

Con la existencia gastada en lo que de veras era nuestro.


Escuchar es un acto de amor.

Cuidarnos, un acto de poder.

Y vivir —bien mirado— es una suave preparación para soltar.


Que este sea un buen retorno.

 
 
 

1 comentario


marthafajardo47
13 ago 2025

Me encanta 🥰

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