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Primer hogar

Actualizado: 13 ago 2025

Taunton - MA


"Acuérdate, María, que tú eres la casa y las paredes que viniste a derrumbar".

Andrea Cote B.


Empecemos por el principio — nuestro principio.


Antes de las prisas, de las listas infinitas y del deber-ser que tantas veces aprieta el pecho, existe un lugar sagrado que nos sostiene a cada instante: mi/tú cuerpo. Ese territorio primero que muchas aprendimos a desconectar para encajar, agradar o rendir. Hoy me propongo escribir de cómo volver a él; habitarlo con la suavidad de quien regresa a casa y enciende la lámpara del cuarto propio.


Cuando nos detenemos y posamos la mano sobre el vientre, lo primero que suele aflorar es un murmullo cansado: dolor en las articulaciones u omoplatos, hambre de ternura, anhelo de una siesta sin culpas.


Nombrar cada sensación —sin juicio y sin prisa— marca el inicio de la reparación. Porque nombrar es reconocer y, al reconocer, la herida deja de supurar en silencio. En la cultura del “estar bien” aprendimos a tamponar la rabia, disimular la tristeza, engullir la frustración para que nadie, jamás, se incomode. Pero lo que el corazón calla, el cuerpo lo deletrea.


Crear un refugio donde la emoción incómoda pueda respirar es un acto de amor propio.

Llámemoslo diario, blog, círculo de amigas, yoga, terapia o danza descalza sobre el pasto. Lo importante es concederle a la emoción el derecho de existir, moverse y, finalmente, transformarse.


El cuerpo nos susurra. Si no lo escuchamos, sube el volumen; si aún no lo oímos, acabará gritando. Grita en noches de insomnio, en contracturas tercas, en ese zumbido ansioso que tiñe la rutina. Grita también mediante diagnósticos que parecen llegar “de repente”. Y, sin embargo, cada síntoma siempre fueun mensaje: detente, respira, pregúntate ¿quién cuida a la cuidadora?


Volver al centro es un acto cotidiano de conciencia: soltar la inercia de complacer y en su lugar elegirnos —con todo lo que somos— como prioridad legítima. No se trata de levantar muros, sino de delinear fronteras claras donde la dignidad descanse. Porque si hay algo que me ha costado interiorizar en conciencia (y que sin duda hoy prefiero) siempre será más sano ser respetada, que ser querida a costa del propio pellejo.


Hoy, mientras lees estas líneas, te ofrezco un susurro:

Pon la mano en tu pecho. Siente el latido que no mendiga aprobación.Permítete la pausa que tu niña interior anhelaba.Y recuerda: nuestro cuerpo es árbol, río y raíz, y merece nuestra escucha antes que esa absoluta exigencia.


Que cada respiración sea un regreso a casa.

 
 
 

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